LA ESPAÑA VACIADA

LA ESPAÑA VACIADA

Alguien ha tenido el acierto de denominar, a la parte de España que se está despoblando, que se ha despoblado, no la España vacía, sino la España vaciada. La esencial diferencia es que este certero calificativo aporta un sentido de voluntariedad y nos hace enfrentarnos a la inquietante realidad de que la despoblación no ha llegado casualmente o debido a motivos inevitables, sino que lo ha hecho como consecuencia de decisiones, que se tomaron de forma deliberada y que han acarreado, irremisiblemente, ese resultado.

La consecuencia es que zonas inmensas de nuestra península, que han sido, secularmente, las mas ricas y pobladas, tienen indices de población equiparables a otras, famosas por ser las mas inhóspitas del mundo.

Oímos, ahora, tímidas voces reclamando medidas que reviertan este abandono pero las que algunos, bienintencionados, aconsejan, son equiparables a pretender taponar, con tiritas, una hemorragia de la femoral a la que se llega, además, demasiado tarde.

Buscando explicaciones no me queda mas remedio que volver a mi vieja tabarra del desguace, la destrucción voluntaria y quizá irreversible, de Castilla. Vemos, como se va desdibujando el protagonismo de este histórico territorio mientras se inventa y se impulsa el de otros que nunca lo tuvieron o que fue mucho mas reducido. Castilla ha sido, además, históricamente, el mas rico, la bolsa que, junto a las riquezas de Iberoamérica, financió las locuras de España.

Y curiosamente, no es, solamente, la Operación Transición la causante de este cataclismo, es en tiempos de Franco cuando la situación cambia drásticamente. El temor al separatismo y el afán por llegar a una verdadera integración, hizo que Franco favoreciese, intensamente, la economía en el Pais Vasco y Cataluña. Favor que le agradecieron fervorosamente.

El temor al latente foco revolucionario de Asturias, con el polvorín de las cuencas mineras, hizo que allí se volcase, también, masivamente, la inversión económica del Estado, aunque, una vez mitigado el peligro se la dejó, también, abandonada a su suerte.

No quedó nada para Castilla que quedó colgada de la brocha de la agricultura de secano y la ganadería de pastoreo. Poca labor, para un territorio bien poblado, reducida, todavía mas, por la imparable mecanización del campo.

Como consecuencia, se produjo un súbito y acelerado empobrecimiento de las zonas interiores que originó un vertiginoso desplazamiento de población sobrante hacia el Pais Vasco y Cataluña. También hacia Europa que atraía mano de obra, de cualquier calificación, para su galopante industrialización y enriquecimiento. Afortunadamente, todos cabían, allí, entonces. No se preguntaba, a nadie, de donde venía, solo si estaba dispuesto a trabajar.

El auge del turismo costero, espontáneo o provocado añadió, también, una atracción intensa y constante de mano de obra sin cualificar.

La llegada de la democracia no frenó esta tendencia sino que la continuó. Para lograr la definitiva integración y participación de los separatistas se perpetró, nada menos, que el desguace político, la destrucción del reino de Castilla, de su peso político y de su fuerza centrípeta integradora.

Siguió favoreciendose el auge de la economía de Cataluña y El Pais Vasco, por inercia o porque los territorios separatistas supieron vender muy bien su, a veces imprescindible, apoyo político, habida cuenta las favorables leyes electorales con las que se les dotó.

Y, ahora, cuando ya no tiene remedio, surge el clamor ante esta traición, que ni siquiera se considera como tal y que supone la demolición de un reino y de un ente cultural e histórico de primer orden mundial, aunque está ocurriendo, ante nuestros impasibles ojos, durante ochenta años.

Los españoles, tan puntillosos para no dejar pasar, ni la memoria, de algunos hechos que ocurrieron muy superficialmente, en su historia, hemos tenido el cuajo de ver destruir, sin una sola voz de alarma, lo que, sin duda, ha sido la barriga y el útero de nuestra grandeza.

Y ojo, amigos, ahí somos culpables todos, los rojos y los azules, los listos y los tontos, los que piden y los que no dan.

¿De donde va a salir, ahora, el enorme impulso necesario para revertir tan descomunal injusticia? ¡Ay bendito!

Jesús Carasa. Escritor y Pintor.

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