LA RAZA BLANCA

LA RAZA BLANCA

                                               LA RAZA BLANCA

Las religiones o teorías que sostienen que el ser humano ha sido creado por un ente superior, con algún propósito, no pasan por sus mejores momentos, aunque descartarlo no deja de ser una actitud demasiado arrogante. 

Poco a poco se van imponiendo las tesis de que el proceso de la vida, aunque no se tiene claro su origen, es consecuencia de acontecimientos, casuales, de selectividad y adaptación al medio. En este planeta y se supone que en los otros, no vamos a caer, otra vez, en la ilusión de ser el centro de un Universo del que no se ven límites, ni en distancias ni en contenido pues, todavía, no sabemos que es ese 97%,  del que tenemos evidencia, aunque  no vemos y que llamamos “materia oscura”

Los conocimientos alcanzados no son freno para que aparezcan, en este tema como en otros, personas y agrupaciones que niegan evidencias ya contrastadas. Ahí tenemos a los cachondos, amigos Terraplanistas, negando que la tierra sea redonda.

He leído, recientemente, un articulo de Juan Manuel de Prada en el que, sin permitirse la mas ligera duda en sus conclusiones, como es habitual en él, se apuntaba, supongo, a la opción a la que llaman Creacionismo. Defendía su posición argumentando que los fósiles que la ciencia iba encontrando eran de seres de “formato” acabado y nunca de seres intermedios consecuencia de esa supuesta evolución. Es decir aquellos “modelos” que el eventual creador iba situando en el planeta de acuerdo con su plan creativo.

Ignoro de donde le viene a Prada la información de todo lo que pasó, aquí, desde hace mas de cuatro mil millones de años cuando, de ellos, solo conocemos, todavia muy parcialmente,  algunos minutos.

No tengo conocimientos suficientes para aceptar o rechazar su afirmación relacionada con seres “inferiores”, pero es curioso que no tuviera en cuenta lo que está al alcance de todos, precisamente, en el ser humano. Hay evidencias fósiles de su evolución desde el simio, que baja de los árboles, hasta ahora. Y eso, no de una, sino  de varias especies de seres humanos, no sabemos, todavía, cuantas, que se han ido mezclando o desapareciendo, bien por dificultades insuperables de adaptación al medio o porque algunas han sido eliminadas por otras hasta quedar los que estamos aquí. (Cuando escribo esta reflexión aparecen noticias del hallazgo de parte de un craneo, fósil, que pertenece a una nueva especie humana, hasta ahora desconocida).

Este supuesto del exterminio de las otras por el Homo Sapiens, parece exagerado pero podría ser cierto a la vista de como se comporta una parte él, la que llamamos raza blanca, a lo largo de la historia, tratando de conseguir el exterminio y en su defecto la subordinación humillante y el aislamiento de las que, a su juicio tienen alguna contaminación sanguínea. 

Todas las razas, que forman parte de lo que llamamos Homo Sapiens, se han comportado, siempre, así; pero principalmente la raza blanca. No sabemos de donde viene y que ha motivado ese sentido de superioridad, ese rechazo, ese instinto  depredador de la raza blanca hacia las otras. Aparte de carnicerías muy recientes, la vemos, aún, en los países que tenemos como muy civilizados, tratando a otras razas como si no fueran seres humanos. Ahí tenemos a los civilizados anglosajones que añaden, a la hipocresía de acusar a los españoles de aniquilar a los indios de nuestras colonias, el olvido de que fueron ellos los que exterminaron a los suyos en Norteamérica y elaboraron La Declaración de Derechos Humanos mientras sus esclavos negros cultivaban sus campos. Exclavos que, con Declaración o sin ella, todavía no están integrados como ciudadanos. Y no digamos mezclados como en el evidente mestizaje de los países Iberoamericanos.

Esta atávica ferocidad devastadora y exterminadora del Homo Sapiens, sobre todo de la raza blanca, no está, ni mucho menos, apagada. Por el contrario, su enorme capacidad de inventiva, que podía haber sido aplicada para contenerla, nos lleva a enfrentarnos con nuestro mas que probable suicidio, haciéndonos parecer a un perrillo, enloquecido, tratando de morder su propia  cola.

Jesús Carasa. Escritor y Pintor

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