SOCIEDAD INDOLESCENTE

SOCIEDAD INDOLESCENTE

Perdonad, pero este neologismo que se me ocurrió, hace tiempo, me sigue rondando por las entendederas.

Escribía, yo, recientemente, que la parte, aparentemente mas derrotista y negativa de nuestra sociedad, la que nos hace exclamar, continuamente, ¡Que país!, en realidad no lo es, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que confía en que puede dedicar su vida al “patinaje artístico” pues, tiene tanta fe en la otra parte, que no duda de que esta se basta para sacar, siempre, las castañas del fuego. ¿Hay fe mayor en un país?.

Y no le falta razón a la vista de como esa parte de la sociedad, en la que basan tan gran confianza, va consiguiendo que este país mantenga y aumente un estado de bienestar y un prestigio envidiables y vaya resolviendo los problemas que le salen al paso, sacándonos de esos atolladeros, a veces con apariencia de irresolubles, que la otra parte nos regala. Imbuida de esa garantía, la parte “pasota”, de la sociedad, se comporta como un adolescente respecto a sus padres. Una vez mas se cumple el hecho de que cuando uno mete el hombro hay otro que lo retira

La adolescencia es una enfermedad, muy jodida, que, a veces, se cura con la edad. Pasaron aquellos tiempos en que, tras volver de la “mili”, se celebraba la ceremonia de fumar, en el hogar familiar, un cigarro con el padre. Aquel acto significaba que la irresponsabilidad adolescente había acabado y que el hombre que nacía, tomaba su vida en sus manos con todas las consecuencias. Si amigos, aquellos que consideraban la emancipación como un asunto de dignidad personal y no de economía. Ya no se puede ni imaginar de que cosas eran capaces de privarse aquellos para poder tener un alojamiento, independiente, donde poder desarrollar su proyecto de vida.

Ahora, la permisividad de los padres, que se han dejado imbuir, tóntamente, de la creencia de que estos tiempos son peores que los suyos, prolonga la adolescencia, hasta límites que, muchas veces, impiden su cura. Hasta el punto de haberse tenido que inventar el neologismo de “nini” para denominar a esos que han decidido abandonar toda la responsabilidad de sus vidas en manos de sus padres. Y son demasiados los que pasan su juventud haciendo movimientos que podrían hacer zozobrar el barco, fiados en que, pase lo que pase, el padre mantendrá el rumbo. 

Quizá, la suma de todos estos adolescentes tardíos, que padecemos hoy, es la que da forma a esa parte de la sociedad que manifiesta una conducta tan irresponsable y tan insolidaria.

  La de los que se manifiestan con la arrogancia del que está de vuelta de todo y piensan que la otra parte ha quedado obsoleta por el paso del tiempo. 

La de los que dicen entender los signos que anuncian el nuevo futuro, mientras la otra no los ve.

La de los “adanes” con su estúpida pretensión de infalibilidad.

La de los que quieren cambiar las cosas, sin la necesaria garantía, mientras la otra tiene que sopesar, con mucha cautela, las posibilidades de fallo. 

La de los que quieren imponer la pretensión de que todo tiene que ser “divertido” y que nada, ni el trabajo, ni el cumplimiento del deber, pueden carecer de este alivio.

La de los que han olvidado lo que antes se conocía como “buena educación” que no consistía en haber asistido a colegios de élite sino en tratar de ocultar, en el roce con los demás, el animal que llevamos dentro.

La de los que han alterado el valor de las cosas y no saben distinguir las imprescindibles de las que no lo son.

La de los que creen nacer con unos derechos que la “sociedad” debe satisfacer, olvidando las obligaciones. 

La de los que piensan que llegan a un mundo en el que la riqueza es un bien silvestre del que ellos pueden gozar sin dar nada a cambio.

La de los que, cuando acceden al poder, nos abruman con ensoñaciones melifluas y pánfilos “desfaceres de entuertos” y se olvidan de la complejidad de la vida y del pan nuestro de cada día.

Una vez mas estamos en lo del LIBRO, por un lado los quijotes que confunden los deseos con las realidades, que desdeñan el lado económico de las situaciones, que culpan a misteriosos responsables de los males que nos ocurren, que actúan sin prever las consecuencias de sus actos. Y por otro, la cautela temerosa de los sanchos, el cuidado del contenido de las alforjas, la lealtad, el realismo, la prudencia, la laboriosidad. ¡Que bien nos conocía el amigo manchego!.

Volvemos, otra vez, a tiempos de atolondrados quijotes. 

Jesús Carasa. Pintor.

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